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ARTÍCULOS DE FERNANDO GUTIÉRREZ
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OLLANTA HUMALA POR EL CAMINO DE LULA DA SILVA

¿Nacionalizar sin estatizar es la salida?

Fernando Gutiérrez

Los pobres en el Perú quieren arreglar cuentas con el modelo económico privatizador y con el sistema de gobierno que lo ampara. Así lo dejaron establecido en las elecciones generales del 2006, al respaldar la candidatura presidencial de Ollanta Humala. Éste, sin embargo, contradijo las espectativas de cambio, al reducir la defensa de los recursos e intereses nacionales y populares a la fórmula “nacionalizar sin estatizar”.

ELECCIONES Y NACIONALISMO

Hartos de la desprotección social y del centralismo limeño, millones de campesinos, desempleados y pobladores pobres creyeron ver en el ex comandante Ollanta Humala al justiciero largamente esperado, frente a tantos políticos demagogos que han desfilado en los sucesivos gobiernos calificados de entreguistas y corruptos.

Al apoyar a Humala, alteraron el curso tradicional de los debates electorales peruanos de 1980 para adelante. Obligaron así a discutir las demandas que habían presidido sus luchas en los últimos ocho años, las que, en esencia, cuestionan el modelo neoliberal de libre mercado y la sujeción del Estado peruano a los intereses del capital internacional.

Adquirió, entonces, protagonismo la propuesta de cambiar el modelo económico por otro que recupere las riquezas naturales, protega y fortalezca la economía interna, especialmente al agro, cuide el entorno ecológico, atienda las urgencias sociales de salud, empleo, salario digno, educación de calidad y vivienda, así como respete los derechos y territorios de las poblaciones andinas y amazónicas organizadas en comunidades.

Los candidatos tradicionales de la burguesía quedaron mal parados ante esta situación. Sus melosas loas al capital extranjero y aburridas peroratas en defensa de una democracia confabulada con el poder económico y la corrupción, ya no generaban entusiasmo. Para congraciarse con los votantes, Alan García (APRA) y Lourdes Flores (Unidad Nacional) se treparon al discurso nacionalista de Humala: prometieron revisar el contrato con la cuestionada empresa que explota el gas de Camisea, y cobrarle mayores regalías.

NACIONALIZAR SIN ESTATIZAR

Mientras los partidos tradicionales se reubicaban, Ollanta Humala lanzó “el programa del nacionalismo", elaborado por Gonzalo García Núñez, ex director del Banco Central de Reserva. Este creyente de las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del pago puntual de la deuda externa, “inventó” un Plan de Gobierno digerible para los grandes capitales, basado en la idea de nacionalizar sin estatizar, cazurra proposición para encandilar al pueblo y a la vez dar confianza a los inversionistas extranjeros.

Según esta alternativa, no hay por qué estatizar las empresas que explotan los recursos mineros, energéticos e hidrocarburos, sino solo hacerlas trabajar para los peruanos, recuperando la capacidad del Estado para “orientar y promover, mediante reglas de juego claras, la explotación de los recursos naturales, renovables y no renovables, y el desarrollo de su infraestructura en función del desarrollo social, cuidando la calidad del empleo y el medio ambiente”(1) .

Para que no queden dudas, Ollanta Humala aprovechó la nacionalización del gas y petróleo en Bolivia para zanjar las diferencias, asegurando que no seguirá el camino de Evo Morales. Incluso recusó las estatizaciones realizadas por Velasco Alvarado(2) entre 1968 y 1972, argumentando que ahora no son convenientes.

La esencia del programa humalista consiste en negarse a recuperar para el Estado los sectores económicos estratégicos entregados a las empresas extranjeras por Alberto Fujimori(3), Valentín Paniagua(4) y Alejandro Toledo(5); permitir así la vigencia del modelo neoliberal, cuyo corazón son precisamente las privatizaciones.

Esta postura “continuista”, incluye una actitud complaciente frente al FMI y la deuda externa, las otras dos vigas maestras del neoliberalismo. El líder etnocacerista(6) nunca aclaró si firmaría o no nuevas Cartas de Intención con el ente financiero supranacional. En cuanto a la deuda externa, coincide con Kuczynski(7) en renegociar el calendario de pagos, para que las futuras generaciones carguen con el muerto.

“PROGRESISMO” AL ESTILO LULA DA SILVA

En verdad, el proyecto de nacionalizar sin estatizar es la versión humalista de la orientación programática asumida por grandes corrientes de la izquierda internacional luego de la caída del “socialismo real”, cuando decidieron “modernizarse” y convertirse en “izquierda democrática”, para adaptarse al protagonismo aplastante que había logrado el neoliberalismo en el mundo. Lula en Brasil es la expresión más acabada de esta “nueva izquierda” que se presenta como “progresista”.

En el Perú, las fuerzas izquierdistas más conocidas abandonaron sus antiguos programas antimperialistas por considerar “irrealizable” la lucha por la reestatización (recuperación para el Estado) de los sectores económicos privatizados, en las condiciones de hegemonía neoliberal. Sus programas “modernos” se limitan, por ello, a plantear que las transnacionales paguen más por canon, regalías e impuesto a la renta, reduzcan sus tarifas y precios, no gocen de ventajas tributarias, acepten la revisión de los contratos demasiado entreguistas, inviertan en favor del entorno ecológico y un largo etcétera de medidas parciales.

Esta política, con toda la importancia que tienen las reivindicaciones parciales para los pueblos afectados y para la caja fiscal, deja, sin embargo, lo principal en manos del poder transnacional. El programa de gobierno de Ollanta Humala marcha en esta dirección.

VENEZUELA Y BOLIVIA

Por la experiencia internacional, sabemos que solo si se estatiza en alguna medida la propiedad de las empresas que explotan los recursos naturales, el Estado podrá controlar efectivamente la producción, gestión y comercialización de dichos recursos y disponer de ellos con soberanía. Veamos sino los ejemplos de Venezuela y Bolivia.

Hugo Chávez, amparado en la nueva Constitución, tomó para el Estado la mayoría de acciones de las empresas que explotan el petróleo. Esa medida le permite retener para la economía venezolana miles de millones de dólares que antes fugaban al extranjero. Pero, además, su gobierno puede destinar parte de ese dinero para atender diversas urgencias populares en salud, educación y vivienda, algo imposible con las grandes corporaciones controlándolo todo.

En el caso boliviano, Evo Morales anuló las privatizaciones del gas y el petróleo por no haber sido aprobadas en el Congreso Nacional. Y decretó la reversión para el Estado del 51 por ciento de acciones de las empresas más importantes, lo que significa que el gobierno boliviano podrá planear el desarrollo de Bolivia a mediano y largo plazo, porque tiene el control efectivo de esos inmensos recursos naturales. La industrialización del gas, por ejemplo, promete generar miles de nuevos puestos de trabajo cada año y proporcionará a los bolivianos ganancias extras por valor agregado.

Controlar solo el 51 por ciento de la propiedad no es lo ideal, pero es un gran avance. La participación, aunque minoritaria, de las multinacionales en las empresas “nacionalizadas”, siempre significarán un elemento de riesgo para los regímenes que se atrevieron a quitarles el timón y restarles ganancias. Felizmente, la lucha de bolivianos y venezolanos por la recuperación total de sus principales riquezas energéticas, no desmaya y cuenta con la simpatía de millones de latinoamericanos.

De otro lado, los ejemplos demuestran también que la recuperación para el Estado de los recursos naturales no espanta necesariamente a los grandes inversores ni significa aislarse del mercado mundial. Venezuela y Bolivia han podido renegociar y mejorar su ubicación en los contratos con las empresas extranjeras. Y mantienen relaciones comerciales con muchos países, incluso con Estados Unidos y las otras potencias industrializadas.

La gran diferencia es que ahora sí estos dos países andinos pueden planear con más independencia sus programas de desarrollo económico-social, así como defender con éxito su derecho a tener una política internacional soberana. Este segundo aspecto ha hecho posible que, junto con Cuba, estén promoviendo el ALBA, una alianza comercial de América Latina que contrapese el predominio yanqui en la región y evite que los países del área sucumban a las presiones norteamericanas de firmar tratados de “libre comercio” de mayor subordinación.

RECHAZO A LAS TRANSNACIONALES

15 años de privatizaciones en el Perú han demostrado que la principal razón del crecimiento de la miseria es la presencia de las transnacionales y la sujeción del Estado a las directivas del FMI, en el marco de una globalización controlada por las potencias industriales, donde se organiza el intercambio comercial con cínico favoritismo para sus consorcios.

De eso pueden dar fe los pueblos andinos, amazónicos y costeños, quienes se han visto obligados a movilizarse en varias ocasiones contra las grandes corporaciones para defender su forma de vida, al ver cómo éstas malogran el entorno ecológico, depredan los bosques, contaminan las aguas, provocan enfermedades y muerte.

De igual modo, en el conjunto de la población crece el rechazo a las autoridades que permiten a las empresas extranjeras el cobro de precios abusivos en electricidad, gas doméstico, gasolina y telefonía, mientras niegan aumentos salariales, mantienen la desprotección social y abandonan a su suerte a las comunidades alejadas.

Una serie de luchas han cuestionado el rol de las empresas transnacionales en el Perú. Es el caso, por ejemplo, de la comunidad piurana de Tambogrande, en el rico valle agrícola de San Lorenzo, que rechazó, en referéndum, la instalación en dicha zona del proyecto minero de la canadiense Manhattan, con lo cual dijeron ¡no! a la destrucción de la economía campesina por la minería y ¡sí! a las perspectivas de convertirse en un polo de desarrollo agroindustrial ecológico.

Igualmente, los casos de comunidades vecinas a la mina de oro Yanacocha, que se enfrentaron a la poderosa Newmont Mining, responsable del derrame de mercurio en Choropampa y del mal manejo del cianuro, principal insumo para tratar el oro que venía matando los peces de la zona. La movilización campesina estalló en junio de 2005, al intentar la empresa norteamericana extender sus operaciones al cerro Quilish, principal fuente de agua de consumo humano.

Otro conflicto importante fue el ocurrido en torno a la Minera Majaz, en agosto de 2005, cuando la comunidad Segunda y Cajas de la provincia cajamarquina de San Ignacio, frontera con Ecuador, decidió anular su inicial aprobación a las actividades de exploración, al comprender la magnitud del desastre ecológico que ocasionaría la explotación de cobre a tajo abierto que proyectaba la empresa subsidiaria de capitales ingleses. Los enfrentamientos con la policía dejaron dos comuneros muertos.

Según CONACAMI, la central nacional de comunidades afectadas por la minería, unos tres mil conflictos abiertos y latentes configuran el escenario de crisis que ha ocasionado la incursión de empresas mineras extranjeras y nacionales en territorios comunales. El segundo congreso de esta organización, denunció los casos más flagrantes así como el favoritismo del Estado hacia las empresas capitalistas a través de normas legales y campañas de persecución y satanización contra los comuneros líderes.

ESTATIZAR ES NACIONALIZAR

Las poblaciones que habitan las zonas rurales y urbanas más pobres y marginadas, están de pie para defender el derecho a una vida saludable y próspera que la actividad de las compañías dedicadas a lucrar pone en riesgo. Un programa nacionalista tiene que considerar esta disposición de lucha social e incluir como punto sustantivo la estatización de las empresas mineras, petroleras, gasíferas, eléctricas y de comunicaciones cuestionadas.

Es la manera más realista y directa de acabar con la secuela de calamidades e injusticias ocasionadas por los grandes negocios y poner los recursos rentables al servicio de la población y del país, en estrecha concordancia con las necesidades y derechos de fiscalización de los usuarios y con los intereses vitales de las comunidades andinas, amazónicas y costeñas, a quienes hay que reconocer su calidad de propietarios originarios de las riquezas que yacen en sus territorios.

El “nacionalismo” humalista, al rechazar de plano la estatización, es contrario al anhelo antimperialista de las mayorías populares. El desarrollo de la movilización antineoliberal que tiene como actores principales a los pueblos de los Andes y la Amazonía, creará las condiciones para construir un liderazgo nacionalista auténtico, que nazca del seno de los mismos pueblos que luchan, conformado por sus hijos más destacados y valerosos, no por caudillos prestados. En este aspecto, el proceso boliviano es una rica y actual fuente de enseñanzas. Bebamos de él.

Lima, junio de 2006

NOTAS.-
(1) Citado del documento La Gran Transformación, Plan de Gobierno de Ollanta Humala.
(2) El general Juan Velasco Alvarado dio un golpe de Estado en octubre de 1968, decretó la reforma agraria y estatizó empresas petroleras, mineras, bancos y grandes comercializadoras que eran explotadas por corporaciones norteamericanas y europeas.
(3) Alberto Fujimori, ex presidente de Perú entre 1990 y 2000, privatizó casi todas las empresas públicas, especialmente las de energía eléctrica, telefonía, petróleo y minería.
(4) Valentín Paniagua, ex presidente del Gobierno de Transición 2000-2001, firmó el contrato para la explotación de los yacimientos de gas de Camisea.
(5) Alejandro Toledo, presidente de Perú 2001-2006, fracasó en privatizar dos centrales eléctricas en Arequipa por una huelga general en ese departamento, pero concesionó otras empresas públicas menores.
(6) Etnocacerismo, ideología basada en la existencia de diferencias raciales, asume el nacionalismo como doctrina política. Fue creada por el padre de Ollanta Humala Tasso, Isaac Humala, quien propone que “la raza cobriza” gobierne el Perú.
(7) Pedro Pablo Kuczynski fue ministro de Economía del gobierno de Alejandro Toledo. El último año de gobierno toledista actúa como Primer Ministro.