MEMORIA / IDENTIDAD / INTERCULTURALIDAD / DEMOCRACIA / POLÍTICA CULTURAL / JUVENTUD / GÉNERO / VIOLENCIA / CORRUPCIÓN...
GLOBALIZACION / SOBERANÍA / NEOLIBERALISMO / EXTREMA POBREZA / DESARROLLO / DESCENTRALIZACIÓN / MEDIOS DE COMUNICACION...
______________________________________________________________________________________________________________
PRINCIPAL / QUIÉNES SOMOS / ARTÍCULOS / DEBATES / INVESTIGACIONES / EDICIONES / LÍNEA ANDINA
ARTÍCULOS DE FERNANDO GUTIÉRREZ
_____________________________________________________________________________________________________
PERÚ: ELECCIONES 2006 Y EL MENSAJE DE LOS MÁS POBRES

Sin cambios reales no habrá gobernabilidad

Fernando Gutiérrez

“El mensajero es el mensaje”, esta frase del intelectual peruano Julio Cotler resume la compleja mezcla de procesos sociales y sicológicos que hizo explosión en el masivo respaldo de los sectores más pobres del Perú a la candidatura de Ollanta Humala, un ex comandante del Ejército y responsable de la asonada militar de Locumba(1). A través de él la población más golpeada por la política neoliberal y el centralismo limeño, advirtió a las “clases dominantes” que si no había cambios sustantivos, habrían consecuencias. Alan García ganó la Presidencia de la República, pero tiene ante sí a millones de peruanos de pie, conscientes de su fuerza y dispuestos a seguir luchando por las demandas sociales que quedaron legitimadas en el transcurso del proceso electoral que finalizó el 4 de junio.

EMPATE TÉCNICO

En la primera vuelta(2), Ollanta Humala alcanzó solo el 22.8 por ciento de votos de los 16 millones y medio de sufragantes(3). Los candidatos más fuertes de la burguesía peruana, Alan García (APRA) y Lourdes Flores Nano (Unidad Nacional), obtuvieron apenas 18.1 y 17.7 por ciento, respectivamente. Pero en la segunda vuelta, el electorado se dividió en dos sectores casi iguales: seis millones 270 mil votos para Humala contra seis millones 965 mil de García. Un empate técnico, practicamente.

La votación humalista mostró a una población decidida a hacerse escuchar después de haber soportado 15 años de medidas neoliberales. Recogió, además, los votos de amplios sectores populares que quisieron impedir que Alan García y el APRA retornen al poder, por lo traumático que significó el primer gobierno aprista, donde reinó la corrupción, se violaron los derechos humanos, escasearon los productos básicos, avanzó Sendero Luminoso, se cayó en la hiperinflación y casi colapsó el Estado.

El candidato García, en cambio, reunió una diáspora de intereses: grandes y medianos empresarios, clases medias acomodadas, funcionarios públicos, profesionales y sectores diversos partidarios de la continuidad de las medidas económicas del gobierno saliente. Pero lo que más benefició al candidato aprista fue el llamado “voto por el mal menor”.

Millones de ciudadanos en Lima y otras ciudades de la costa, especialmente, se dejaron guiar por el temor y los prejuicios contra el candidato ex militar que los medios de comunicación masivos habían instalado en el escenario electoral desde la primera vuelta. Les importó más el supuesto peligro de un salto al vacío con el ex comandante que la presencia, en la plancha presidencial aprista, del ex almirante Giampietri, ejecutor del genocidio de decenas de presos en la isla de El Frontón, en junio de 1986.

TIRO POR LA CULATA

Las altísimas votaciones que alcanzaron los competidores de la segunda vuelta, expresan una coyuntura política altamente polarizada, creada en gran medida por la actitud extremista de la clase dominante en su conjunto, empeñada en defender con uñas y dientes su sistema de gobierno y el programa privatizador.

En efecto, desde la primera vuelta los grupos económicos hegemónicos, sus partidos tradicionales y nuevos e incluso voceros del gobierno, desplegaron una campaña rabiosa, sibilina, extenuante, millonaria, para denigrar y satanizar al electorado “díscolo” que apoyaba al outsider Ollanta Humala; acusaron a millones de peruanos de ser enemigos de la democracia.

Esta campaña tomó un nuevo cariz apenas se supo que la candidata favorita de la derecha, Lourdes Flores Nano, había sido relegada al tercer lugar y García pasaba a la segunda vuelta acompañando a Humala. Entonces, la hipocresía de los ricos alcanzó niveles jamás imaginados. Connotados empresarios, políticos, intelectuales, ex generales y autoridades del régimen llamaron a olvidar ofensas para unirse detrás de Alan García, aquel que, según ellos, jamás debía volver a gobernar el país por haber pretendido estatizar los bancos y apartado al Perú del sistema financiero internacional(4).

Hasta el crítico más despiadado de García, el novelista ultraconservador Mario Vargas Llosa, llamó a taparse la nariz y votar por el candidato aprista. A su turno, el empresario fujimorista Julio Favre(5) argumentó su voto por el mal menor (García), diciendo que entre una mujer que pone los cuernos y otra que mata a los maridos él prefiere a la primera. Mientras, Fujimori declaró en Chile que Alan “había cambiado”. Y Vladimiro Montesinos, en peculiar estilo maquiavélico, habló de las labores proselitistas de Ollanta Humala en Arequipa en la campaña de reelección de Fujimori.

Esta actitud, en grado sumo oportunista, respondía al temor que envolvía a las clases dominantes sobre el riesgo de que, un hipotético triunfo de Humala, abriera las compuertas a la irrupción de un proceso antineoliberal como en Bolivia, que terminara rebazando incluso al propio ex comandante.

El cierrafilas neoliberal, sin embargo, antes que debilitar a los sectores críticos del sistema, provocó su reforzamiento, redoblando las esperanzas que ellos mismos se habían construido respecto de Ollanta Humala, a quien apenas conocían. Millones de peruanos se politizaron y ahora son concientes que representan una gran fuerza en el país, más allá del líder ocasional que encumbraron. En cierto modo, el tiro les salió por la culata a los defensores del “sistema corrupto”.

VOTOS PRESTADOS

García, como él mismo lo ha reconocido, debe el cargo de Presidente del Perú al respaldo de sus aliados coyunturales y, especialmente, al voto condicional de millones de independientes. Esto también es cierto para Ollanta Humala. Ambos han llegado lejos gracias a un “voto prestado”.

El fenómeno Ollanta Humala es, en esencia, una repetición de lo que ocurrió con Alberto Fujimori y Alejandro Toledo en sus respectivas épocas y circunstancias. Después de los gobiernos de Fernando Belaúnde y Alan García (1980-1990), las mayorías populares, frustradas y desengañadas, rompieron con los partidos tradicionales de la burguesía. Esta ruptura fue particularmente radical en las regiones del sur.

Entonces, se crea en el país un enorme vacío político, caracterizado por una crisis de liderazgo en la burguesía y la ausencia prolongada de una alternativa popular creíble, ya que la izquierda y las agrupaciones “terroristas” también decepcionan al pueblo. Por ello, cada elección presidencial es, para el electorado rebelde, una oportunidad de castigar a los partidos tradicionales. Así surgió Fujimori en 1990(6). También Toledo en el 2000(7).

Cuando ese electorado rompe con Toledo, reaparece la crisis de representación. Iniciado el proceso de elecciones generales 2006, la burguesía pasa por serios aprietos para encontrar un candidato ganador. Durante meses, ni Lourdes FLores ni Alan García ni Valentín Paniagua lograban remontar en las encuestas, porque un 60 por ciento de ciudadanos indecisos se los impedía.

Ollanta Humala aparece y logra llenar ese vacío, gracias a un discurso nacionalista y antisistema de choque, gracias también a la aureola que le dejó la insurgencia de Locumba y al trabajo esforzado de cientos de reservistas del Ejército levantando su imagen durante 5 años. Humala, entonces, es solo un líder de la coyuntura electoral.

LIMITACIONES DEL HUMALISMO

La crisis de liderazgo no se ha cerrado con las elecciones generales. Alan García y el APRA siguen siendo representantes del sistema corrupto y de los intereses de los grandes grupos económicos. Ollanta Humala, a su vez, expresa a sectores del Ejército que buscan recuperar privilegios en el Estado y a grupos empresariales caídos en desgracia con Alejandro Toledo, como el judío Isaac Meckler, financista de su campaña. Asimismo, a empresarios medios y pequeños afectados por la apertura neoliberal. De allí que, lo más probable es que la crisis de representación reaparezca conforme García y Humala muestren sus limitaciones de origen y el régimen democrático vuelva a mostrarse incapaz de encontrar soluciones a los graves problemas que afectan a las mayorías populares.

El descrédito ya se inició de manera temprana para el ex comandante, provocado por hechos parciales pero que de todos modos han afectado su capital político. Carlos Torres Caro, su candidato a la segunda Vicepresidencia y congresista electo, abandonó el barco humalista a la semana siguiente de la segunda vuelta. Las bases de UPP(8), reunidas en Plenario Nacional, repudiaron los métodos autoritarios de su candidato presidencial Ollanta Humala y rechazaron su propuesta de censurar al presidente de esa agrupación, Aldo Estrada, quien lo había criticado públicamente. En medio de estos incidentes que mellan su prestigio, Humala no atina a tener una política coherente como cabeza de la oposición en el país, pese a contar con 45 de los 100 nuevos congresistas electos.

Todo esto es consecuencia de las limitaciones del proyecto nacionalista humalista. Su Plan de Gobierno, por ejemplo, se mostró poco creíble cuando pretendió vender la idea de que se podía defender los recursos naturales del país y ponerlos al servicio del pueblo, sin estatizarlos como había hecho Evo Morales en Bolivia. “Nacionalizar sin estatizar” fue la fórmula confusa que llevó al líder nacionalista a coincidir con Alan García en el trato a la empresa que explota el gas de Camisea: revisar el contrato y cobrar regalías a las sobregancias, nada más.

La falta de democracia interna en su propia agrupación, el PNP, a la hora de elaborar las listas congresales y durante la campaña, fue otro punto en contra de Ollanta: uno de los dirigentes fundadores renunció y denunció los maltratos de su líder. Así mismo, le afectó el hecho de haberse rodeado de personajes de trayectoria oscura: Carlos Torres Caro (vinculado a Montesinos), Salomón Lerner Ghitis (millonario judío ex asesor de Toledo), Adrián Villafuerte (ex coronel montesinista), Alvaro Gutiérrez (ex fujimorista), entre otros.

Las gruesas limitaciones del humalismo jugaron a favor de la elección, nuevamente, de un partido tradicional como el APRA para gobernar el país. Pero la designación de Alan García como Presidente no significa tampoco que haya culminado el ciclo de ruptura de las mayorías populares con los partidos tradicionales, eso todavía está por verse.

Los pueblos más pobres que cuestionan el modelo neoliberal y exigen cambios de fondo, esperan un liderazgo auténtico. Ese liderazgo se está construyendo al calor de las luchas concretas a nivel local, regional y nacional. Cuando aparezca, el caudillo ocasional que proviene de las filas del aparato represivo del Estado, será dejado de lado.

Un primer síntoma en ese sentido ya se puede ver en la reciente fundación del nuevo partido denominado Kuska, encabezado por Nelson Palomino, máximo dirigente de los cultivadores de la hoja de coca en el Perú. El gobierno de Toledo lo mantuvo en la cárcel durante el proceso electoral a sabiendas de su enorme poder de convocatoria en Ayacucho y otras zonas del sur, sierra y selva.

RETOS Y POSIBILIDADES

Las elecciones generales han dejado un panorama auspicioso para el movimiento antineoliberal en el Perú, que ahora tendrá que vérselas con el nuevo gobierno aprista. Un examen de los resultados por regiones, muestra un inusual mapa de triunfos de la población “antisistema” en la mayor parte del territorio nacional, lo cual ha causado alarma en las esferas tradicionales del poder, estando próximas las elecciones regionales y municipales.

No se trata solo del sur del país, sino de regiones en costa, sierra y selva, norte, sur, centro y oriente del Perú. En la primera vuelta, el voto presidencial por Ollanta Humala ganó en 18 de las 25 regiones y obtuvo el segundo lugar en 6, incluyendo Lima. El voto congresal ganó en 17 regiones y quedó segundo en 7. En la segunda vuelta, se repitió el triunfo de Humala en 15 regiones.

Estos resultados, sumados a la presencia de 45 congresistas de la alianza humalista UPP-PNP en el nuevo Parlamento Nacional, así como el próximo y probable control de un buen número de gobiernos regionales y municipales por parte de las fuerzas de oposición más radical al nuevo gobierno, permite anticipar condiciones muy ventajosas para la movilización popular, que exigirá el cumplimiento de las promesas electorales y la atención a las demandas sociales.

Sin embargo, aprovechar la nueva coyuntura depende mucho todavía de lo que haga o deje de hacer Ollanta Humala, como líder de la oposición. Por lo pronto, existen signos negativos al respecto. Por ejemplo, en el caso del TLC con EE.UU., Humala ha dejado pasar el tiempo y el Congreso saliente ya aprobó, sin mayores sobresaltos y con el apoyo de la bancada aprista, este Tratado en los términos que Alejandro Toledo lo firmó.

Ollanta Humala jamás quiso ponerse al frente de la movilización anti TLC. Se limitó a usar el tema como bandera de su campaña electoral. Recién ahora anunció que se plegará a las movilizaciones y paros que convoquen los gremios campesinos. Pero él pudo haber usado la autoridad política que el pueblo le había entregado en la primera vuelta y convocar a la lucha nacional contra la aprobación del Tratado entreguista, tema que es más un reto político que gremial.

En cuanto al nuevo gobierno, Alan García agarra el sartén neoliberal en su momento más caliente. La mitad de la población lo rechaza abiertamente y otro gran sector popular espera cumpla sus promesas de atender a los más pobres, defender los recursos naturales, acabar con las ventajas tributarias para las transnacionales, reponer los derechos laborales, crear empleo, invertir en educación y salud, apoyar al agro de la sierra, entre otras.

García sentirá desde los primeros días de su gestión una tremenda presión social. También lo presionarán los grupos de poder económico, que se la siguen jugando por el TLC y las privatizaciones, por los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional, por la austeridad fiscal y el pago puntual de la deuda externa, y, especialmente, por la flexibilización laboral para ser competitivos en el mercado norteamericano a costa de los trabajadores peruanos.

En resumen, pese al triunfo del APRA, muy ajustado por cierto, las elecciones sirvieron para que las fuerzas antineoliberales del pueblo peruano se legitimaran. Hoy los campesinos, comuneros y pobladores altoandinos, amazónicos y costeños más pobres saben que sus reclamos contra la postergación, explotación y olvido del centralismo limeño ha impactado la conciencia de millones de peruanos y que ya no están tan solos.

Saben, por ello, que si el nuevo gobierno hace oidos sordos al inmenso clamor por el cambio y decide marchar por el mismo camino neoliberal de sus antecesores, entonces la lucha por derrotarlo será una actitud legítima, democrática y necesaria. Y saben, además, que si Ollanta Humala no se pone a la cabeza de la movilización porque prefiere actuar como un político tradicional más, entonces también será barrido del escenario para ser reemplazado por un liderazgo auténtico de los explotados y oprimidos.

Junio, 2006

NOTAS.-
(1) Ollanta Humala organizó un levantamiento militar en la localidad sureña de Locumba, departamento de Moquegua, siendo Comandante del Ejército. Su acción demandandó el fin del régimen de Fujimori y Montesinos cuando el mismo ya vivía sus últimos meses de vida.
(2) Las elecciones peruanas se efectúan en dos vueltas si en la primera ningún candidato pasa el 50 por ciento de los votos “válidamente emitidos” (sin blancos, nulos y viciados). Ollanta Humala ganó la primera vuelta con 3’758,258 votos, seguido de Alan García con 2’985,858 votos y Lourdes Flores Nano con 2’923,280. El resto de candidatos quedaron muy relegados. La izquierda sacó en 0.2 y 0.6 por ciento de los votos válidos.
(3) La ONPE determina los porcentajes en base al total de votos” válidamente emitidos”, no sobre el total de votantes.
(4) En su primer gobierno (1985-1990), Alan García, obligado por la crisis, limitó los pagos de la deuda externa. El sistema financiero internacional declaró al Perú “inelegible”, no apto para nuevos empréstitos ni avales.
(5) Julio Favre es Past Presidente de la CONFIEP, central de los grandes empresarios nacionales. Apoyó activamente al régimen de Fujimori. En las elecciones últimas sostuvo financieramente la campaña de Lourdes Flores Nano.
(6) Alberto Fujimori derrotó a Mario Vargas Llosa la segunda vuelta electoral de 1990. Su estrategia de triunfo fue oponerse rotundamente “shock” antipopular que proponía su contrincante. Una vez en el gobierno, aplicó la política económica que había rechazado y cogobernó con las Fuerzas Armadas y la derecha peruana.
(7) Alejandro Toledo fue ungido por el pueblo como el candidato unitario contra la re-relección de Alberto Fujimori en el 2000. Los partidos tradicionales APRA, Acción Popular, Partido Popular Cristiano y otros casi desaparecieron electoralmente. Fue elegido Presidente en las elecciones del 2001, después de derrotar a Alan García en la segunda vuelta.
(8) UPP, siglas de Unión por el Perú, partido que llevó la candidatura oficial de Ollanta Humala, cuya organización propia, el Partido Nacionalista Peruano (PNP), todavía no contaba con inscripción legal.