




Sin cambios reales no habrá gobernabilidad
Fernando Gutiérrez
“El mensajero es el mensaje”,
esta frase del intelectual peruano Julio Cotler resume la compleja mezcla
de procesos sociales y sicológicos que hizo explosión en el
masivo respaldo de los sectores más pobres del Perú a la candidatura
de Ollanta Humala, un ex comandante del Ejército y responsable de
la asonada militar de Locumba(1). A través de él la población
más golpeada por la política neoliberal y el centralismo limeño,
advirtió a las “clases dominantes” que si no había
cambios sustantivos, habrían consecuencias. Alan García ganó
la Presidencia de la República, pero tiene ante sí a millones
de peruanos de pie, conscientes de su fuerza y dispuestos a seguir luchando
por las demandas sociales que quedaron legitimadas en el transcurso del
proceso electoral que finalizó el 4 de junio.
EMPATE TÉCNICO
En la primera vuelta(2), Ollanta Humala alcanzó solo el 22.8 por
ciento de votos de los 16 millones y medio de sufragantes(3). Los candidatos
más fuertes de la burguesía peruana, Alan García (APRA)
y Lourdes Flores Nano (Unidad Nacional), obtuvieron apenas 18.1 y 17.7 por
ciento, respectivamente. Pero en la segunda vuelta, el electorado se dividió
en dos sectores casi iguales: seis millones 270 mil votos para Humala contra
seis millones 965 mil de García. Un empate técnico, practicamente.
La votación humalista mostró a
una población decidida a hacerse escuchar después de haber
soportado 15 años de medidas neoliberales. Recogió, además,
los votos de amplios sectores populares que quisieron impedir que Alan García
y el APRA retornen al poder, por lo traumático que significó
el primer gobierno aprista, donde reinó la corrupción, se
violaron los derechos humanos, escasearon los productos básicos,
avanzó Sendero Luminoso, se cayó en la hiperinflación
y casi colapsó el Estado.
El candidato García, en cambio, reunió
una diáspora de intereses: grandes y medianos empresarios, clases
medias acomodadas, funcionarios públicos, profesionales y sectores
diversos partidarios de la continuidad de las medidas económicas
del gobierno saliente. Pero lo que más benefició al candidato
aprista fue el llamado “voto por el mal menor”.
Millones de ciudadanos en Lima y otras ciudades
de la costa, especialmente, se dejaron guiar por el temor y los prejuicios
contra el candidato ex militar que los medios de comunicación masivos
habían instalado en el escenario electoral desde la primera vuelta.
Les importó más el supuesto peligro de un salto al vacío
con el ex comandante que la presencia, en la plancha presidencial aprista,
del ex almirante Giampietri, ejecutor del genocidio de decenas de presos
en la isla de El Frontón, en junio de 1986.
TIRO POR LA CULATA
Las altísimas votaciones que alcanzaron
los competidores de la segunda vuelta, expresan una coyuntura política
altamente polarizada, creada en gran medida por la actitud extremista de
la clase dominante en su conjunto, empeñada en defender con uñas
y dientes su sistema de gobierno y el programa privatizador.
En efecto, desde la primera vuelta los grupos económicos hegemónicos,
sus partidos tradicionales y nuevos e incluso voceros del gobierno, desplegaron
una campaña rabiosa, sibilina, extenuante, millonaria, para denigrar
y satanizar al electorado “díscolo” que apoyaba al outsider
Ollanta Humala; acusaron a millones de peruanos de ser enemigos de la democracia.
Esta campaña tomó un nuevo cariz apenas se supo que la candidata
favorita de la derecha, Lourdes Flores Nano, había sido relegada
al tercer lugar y García pasaba a la segunda vuelta acompañando
a Humala. Entonces, la hipocresía de los ricos alcanzó niveles
jamás imaginados. Connotados empresarios, políticos, intelectuales,
ex generales y autoridades del régimen llamaron a olvidar ofensas
para unirse detrás de Alan García, aquel que, según
ellos, jamás debía volver a gobernar el país por haber
pretendido estatizar los bancos y apartado al Perú del sistema financiero
internacional(4).
Hasta el crítico más despiadado de García, el novelista
ultraconservador Mario Vargas Llosa, llamó a taparse la nariz y votar
por el candidato aprista. A su turno, el empresario fujimorista Julio Favre(5)
argumentó su voto por el mal menor (García), diciendo que
entre una mujer que pone los cuernos y otra que mata a los maridos él
prefiere a la primera. Mientras, Fujimori declaró en Chile que Alan
“había cambiado”. Y Vladimiro Montesinos, en peculiar
estilo maquiavélico, habló de las labores proselitistas de
Ollanta Humala en Arequipa en la campaña de reelección de
Fujimori.
Esta actitud, en grado sumo oportunista, respondía
al temor que envolvía a las clases dominantes sobre el riesgo de
que, un hipotético triunfo de Humala, abriera las compuertas a la
irrupción de un proceso antineoliberal como en Bolivia, que terminara
rebazando incluso al propio ex comandante.
El cierrafilas neoliberal, sin embargo, antes
que debilitar a los sectores críticos del sistema, provocó
su reforzamiento, redoblando las esperanzas que ellos mismos se habían
construido respecto de Ollanta Humala, a quien apenas conocían. Millones
de peruanos se politizaron y ahora son concientes que representan una gran
fuerza en el país, más allá del líder ocasional
que encumbraron. En cierto modo, el tiro les salió por la culata
a los defensores del “sistema corrupto”.
VOTOS PRESTADOS
García, como él mismo lo ha reconocido,
debe el cargo de Presidente del Perú al respaldo de sus aliados coyunturales
y, especialmente, al voto condicional de millones de independientes. Esto
también es cierto para Ollanta Humala. Ambos han llegado lejos gracias
a un “voto prestado”.
El fenómeno Ollanta Humala es, en esencia,
una repetición de lo que ocurrió con Alberto Fujimori y Alejandro
Toledo en sus respectivas épocas y circunstancias. Después
de los gobiernos de Fernando Belaúnde y Alan García (1980-1990),
las mayorías populares, frustradas y desengañadas, rompieron
con los partidos tradicionales de la burguesía. Esta ruptura fue
particularmente radical en las regiones del sur.
Entonces, se crea en el país un enorme vacío político,
caracterizado por una crisis de liderazgo en la burguesía y la ausencia
prolongada de una alternativa popular creíble, ya que la izquierda
y las agrupaciones “terroristas” también decepcionan
al pueblo. Por ello, cada elección presidencial es, para el electorado
rebelde, una oportunidad de castigar a los partidos tradicionales. Así
surgió Fujimori en 1990(6). También Toledo en el 2000(7).
Cuando ese electorado rompe con Toledo, reaparece
la crisis de representación. Iniciado el proceso de elecciones generales
2006, la burguesía pasa por serios aprietos para encontrar un candidato
ganador. Durante meses, ni Lourdes FLores ni Alan García ni Valentín
Paniagua lograban remontar en las encuestas, porque un 60 por ciento de
ciudadanos indecisos se los impedía.
Ollanta Humala aparece y logra llenar ese vacío, gracias a un discurso
nacionalista y antisistema de choque, gracias también a la aureola
que le dejó la insurgencia de Locumba y al trabajo esforzado de cientos
de reservistas del Ejército levantando su imagen durante 5 años.
Humala, entonces, es solo un líder de la coyuntura electoral.
LIMITACIONES DEL HUMALISMO
La crisis de liderazgo no se ha cerrado con las elecciones generales. Alan
García y el APRA siguen siendo representantes del sistema corrupto
y de los intereses de los grandes grupos económicos. Ollanta Humala,
a su vez, expresa a sectores del Ejército que buscan recuperar privilegios
en el Estado y a grupos empresariales caídos en desgracia con Alejandro
Toledo, como el judío Isaac Meckler, financista de su campaña.
Asimismo, a empresarios medios y pequeños afectados por la apertura
neoliberal. De allí que, lo más probable es que la crisis
de representación reaparezca conforme García y Humala muestren
sus limitaciones de origen y el régimen democrático vuelva
a mostrarse incapaz de encontrar soluciones a los graves problemas que afectan
a las mayorías populares.
El descrédito ya se inició de manera temprana para el ex comandante,
provocado por hechos parciales pero que de todos modos han afectado su capital
político. Carlos Torres Caro, su candidato a la segunda Vicepresidencia
y congresista electo, abandonó el barco humalista a la semana siguiente
de la segunda vuelta. Las bases de UPP(8), reunidas en Plenario Nacional,
repudiaron los métodos autoritarios de su candidato presidencial
Ollanta Humala y rechazaron su propuesta de censurar al presidente de esa
agrupación, Aldo Estrada, quien lo había criticado públicamente.
En medio de estos incidentes que mellan su prestigio, Humala no atina a
tener una política coherente como cabeza de la oposición en
el país, pese a contar con 45 de los 100 nuevos congresistas electos.
Todo esto es consecuencia de las limitaciones
del proyecto nacionalista humalista. Su Plan de Gobierno, por ejemplo, se
mostró poco creíble cuando pretendió vender la idea
de que se podía defender los recursos naturales del país y
ponerlos al servicio del pueblo, sin estatizarlos como había hecho
Evo Morales en Bolivia. “Nacionalizar sin estatizar” fue la
fórmula confusa que llevó al líder nacionalista a coincidir
con Alan García en el trato a la empresa que explota el gas de Camisea:
revisar el contrato y cobrar regalías a las sobregancias, nada más.
La falta de democracia interna en su propia agrupación, el PNP, a
la hora de elaborar las listas congresales y durante la campaña,
fue otro punto en contra de Ollanta: uno de los dirigentes fundadores renunció
y denunció los maltratos de su líder. Así mismo, le
afectó el hecho de haberse rodeado de personajes de trayectoria oscura:
Carlos Torres Caro (vinculado a Montesinos), Salomón Lerner Ghitis
(millonario judío ex asesor de Toledo), Adrián Villafuerte
(ex coronel montesinista), Alvaro Gutiérrez (ex fujimorista), entre
otros.
Las gruesas limitaciones del humalismo jugaron
a favor de la elección, nuevamente, de un partido tradicional como
el APRA para gobernar el país. Pero la designación de Alan
García como Presidente no significa tampoco que haya culminado el
ciclo de ruptura de las mayorías populares con los partidos tradicionales,
eso todavía está por verse.
Los pueblos más pobres que cuestionan
el modelo neoliberal y exigen cambios de fondo, esperan un liderazgo auténtico.
Ese liderazgo se está construyendo al calor de las luchas concretas
a nivel local, regional y nacional. Cuando aparezca, el caudillo ocasional
que proviene de las filas del aparato represivo del Estado, será
dejado de lado.
Un primer síntoma en ese sentido ya se
puede ver en la reciente fundación del nuevo partido denominado Kuska,
encabezado por Nelson Palomino, máximo dirigente de los cultivadores
de la hoja de coca en el Perú. El gobierno de Toledo lo mantuvo en
la cárcel durante el proceso electoral a sabiendas de su enorme poder
de convocatoria en Ayacucho y otras zonas del sur, sierra y selva.
RETOS Y POSIBILIDADES
Las elecciones generales han dejado un panorama
auspicioso para el movimiento antineoliberal en el Perú, que ahora
tendrá que vérselas con el nuevo gobierno aprista. Un examen
de los resultados por regiones, muestra un inusual mapa de triunfos de la
población “antisistema” en la mayor parte del territorio
nacional, lo cual ha causado alarma en las esferas tradicionales del poder,
estando próximas las elecciones regionales y municipales.
No se trata solo del sur del país, sino
de regiones en costa, sierra y selva, norte, sur, centro y oriente del Perú.
En la primera vuelta, el voto presidencial por Ollanta Humala ganó
en 18 de las 25 regiones y obtuvo el segundo lugar en 6, incluyendo Lima.
El voto congresal ganó en 17 regiones y quedó segundo en 7.
En la segunda vuelta, se repitió el triunfo de Humala en 15 regiones.
Estos resultados, sumados a la presencia de
45 congresistas de la alianza humalista UPP-PNP en el nuevo Parlamento Nacional,
así como el próximo y probable control de un buen número
de gobiernos regionales y municipales por parte de las fuerzas de oposición
más radical al nuevo gobierno, permite anticipar condiciones muy
ventajosas para la movilización popular, que exigirá el cumplimiento
de las promesas electorales y la atención a las demandas sociales.
Sin embargo, aprovechar la nueva coyuntura depende
mucho todavía de lo que haga o deje de hacer Ollanta Humala, como
líder de la oposición. Por lo pronto, existen signos negativos
al respecto. Por ejemplo, en el caso del TLC con EE.UU., Humala ha dejado
pasar el tiempo y el Congreso saliente ya aprobó, sin mayores sobresaltos
y con el apoyo de la bancada aprista, este Tratado en los términos
que Alejandro Toledo lo firmó.
Ollanta Humala jamás quiso ponerse al
frente de la movilización anti TLC. Se limitó a usar el tema
como bandera de su campaña electoral. Recién ahora anunció
que se plegará a las movilizaciones y paros que convoquen los gremios
campesinos. Pero él pudo haber usado la autoridad política
que el pueblo le había entregado en la primera vuelta y convocar
a la lucha nacional contra la aprobación del Tratado entreguista,
tema que es más un reto político que gremial.
En cuanto al nuevo gobierno, Alan García
agarra el sartén neoliberal en su momento más caliente. La
mitad de la población lo rechaza abiertamente y otro gran sector
popular espera cumpla sus promesas de atender a los más pobres, defender
los recursos naturales, acabar con las ventajas tributarias para las transnacionales,
reponer los derechos laborales, crear empleo, invertir en educación
y salud, apoyar al agro de la sierra, entre otras.
García sentirá desde los primeros
días de su gestión una tremenda presión social. También
lo presionarán los grupos de poder económico, que se la siguen
jugando por el TLC y las privatizaciones, por los acuerdos con el Fondo
Monetario Internacional, por la austeridad fiscal y el pago puntual de la
deuda externa, y, especialmente, por la flexibilización laboral para
ser competitivos en el mercado norteamericano a costa de los trabajadores
peruanos.
En resumen, pese al triunfo del APRA, muy ajustado
por cierto, las elecciones sirvieron para que las fuerzas antineoliberales
del pueblo peruano se legitimaran. Hoy los campesinos, comuneros y pobladores
altoandinos, amazónicos y costeños más pobres saben
que sus reclamos contra la postergación, explotación y olvido
del centralismo limeño ha impactado la conciencia de millones de
peruanos y que ya no están tan solos.
Saben, por ello, que si el nuevo gobierno hace
oidos sordos al inmenso clamor por el cambio y decide marchar por el mismo
camino neoliberal de sus antecesores, entonces la lucha por derrotarlo será
una actitud legítima, democrática y necesaria. Y saben, además,
que si Ollanta Humala no se pone a la cabeza de la movilización porque
prefiere actuar como un político tradicional más, entonces
también será barrido del escenario para ser reemplazado por
un liderazgo auténtico de los explotados y oprimidos.
Junio, 2006
NOTAS.-
(1) Ollanta Humala organizó un levantamiento
militar en la localidad sureña de Locumba, departamento de Moquegua,
siendo Comandante del Ejército. Su acción demandandó
el fin del régimen de Fujimori y Montesinos cuando el mismo ya vivía
sus últimos meses de vida.
(2) Las elecciones peruanas se efectúan en dos vueltas si en la primera
ningún candidato pasa el 50 por ciento de los votos “válidamente
emitidos” (sin blancos, nulos y viciados). Ollanta Humala ganó
la primera vuelta con 3’758,258 votos, seguido de Alan García
con 2’985,858 votos y Lourdes Flores Nano con 2’923,280. El
resto de candidatos quedaron muy relegados. La izquierda sacó en
0.2 y 0.6 por ciento de los votos válidos.
(3) La ONPE determina los porcentajes en base al total de votos” válidamente
emitidos”, no sobre el total de votantes.
(4) En su primer gobierno (1985-1990), Alan García, obligado por
la crisis, limitó los pagos de la deuda externa. El sistema financiero
internacional declaró al Perú “inelegible”, no
apto para nuevos empréstitos ni avales.
(5) Julio Favre es Past Presidente de la CONFIEP, central de los grandes
empresarios nacionales. Apoyó activamente al régimen de Fujimori.
En las elecciones últimas sostuvo financieramente la campaña
de Lourdes Flores Nano.
(6) Alberto Fujimori derrotó a Mario Vargas Llosa la segunda vuelta
electoral de 1990. Su estrategia de triunfo fue oponerse rotundamente “shock”
antipopular que proponía su contrincante. Una vez en el gobierno,
aplicó la política económica que había rechazado
y cogobernó con las Fuerzas Armadas y la derecha peruana.
(7) Alejandro Toledo fue ungido por el pueblo como el candidato unitario
contra la re-relección de Alberto Fujimori en el 2000. Los partidos
tradicionales APRA, Acción Popular, Partido Popular Cristiano y otros
casi desaparecieron electoralmente. Fue elegido Presidente en las elecciones
del 2001, después de derrotar a Alan García en la segunda
vuelta.
(8) UPP, siglas de Unión por el Perú, partido que llevó
la candidatura oficial de Ollanta Humala, cuya organización propia,
el Partido Nacionalista Peruano (PNP), todavía no contaba con inscripción
legal.