




Clara Rojas
El chofer del ómnibus que transportaba a los 31 excursionistas los miraba incrédulo, un grupo de gringuitos de un colegio particular de 11 a 15 años acompañados de 6 adultos pretendían caminar 105 kilómetros de Yauyos a Lunahuaná cargando mochilas con un peso promedio de 15 kilos.
Algunos niños desaparecían en sus asientos, ello indujo a un transbordo a medio trayecto, subieron a este vehículo pasajeros de otro transporte sorprendiéndose al verlo lleno. Los mochileros, con cara de niños mimados, algunos acostumbrados a recorrer Lima en sus autos, ignoraban los comentarios burlones de los pasajeros. "Dicen que caminarán de Yauyos a Lunahuaná".
Ni la empinada subida ni el estrecho camino en el que apenas cabía el ómnibus cambiaron la decisión. Era una caminata de esparcimiento pero también de entrenamiento con peso para el club de excursionistas del Colegio Héctor de Cárdenas. Al mando del grupo, como siempre estaba el promotor, Juan Borea acompañado por cinco adultos entre ellos, el guía profesional y montañista por vocación, Gonzalo Menacho.
Participar en este club y en las caminatas es voluntario, pero tiene sus requisitos, lo primero depende de sus buenas notas, deben practicar algún deporte y cumplir rigurosamente las reglas. El promotor impone una disciplina tipo militar porque de ella depende evitar los riesgos y cumplir sus metas sin percances. De entender las indicaciones depende su cumplimiento y el éxito de las salidas, una leve distracción en este momento de la aventura provoca desaforadas llamadas de atención, suficiente para quienes no quieren exponerse a una sanción.
Fuera de contexto, de las motivaciones que impulsan estas llamadas de atención parecerían medidas extremadas. Sin embargo, las precausiones nunca son suficientes tratándose de muchachos sumamente engreídos, algunos con padres permisivos, ocupados o ausentes. Por ello, es elogiable el control disciplinario aprendido en estas aventuras.
Los integrantes de este club se dividen en tres categorías, los plenos que siempre son los jefes de grupo, los aspirantes y los postulantes. Subir una categoría supone esfuerzos, preocupación por el bienestar de los demás, disciplina a toda prueba y finalmente capacidad de liderazgo o, lo que es lo mismo autoridad para mandar a sus iguales, virtud obligada en los plenos. El jefe no es el mayor que por abusón se aprovecha de los menores. El pleno como jefe debe, en primer lugar, encargarse de los bultos colectivos, los trabajos más duros, y cuando de comer se trata espera hasta el final, cuando todos los de su grupo ya se hayan servido. Aún así es una meta muy ambicionada. Pero en caso de participar el colegio completo o cuando otra escuela amiga les pide ayuda para realizar sus paseos a campo abierto, todos los integrantes del club asumen obligaciones de jefe, por experiencia, sus prácticas cotidianas o simplemente porque ya están preparados para ello.
LA CAMINATA VOLANTE
Esta caminata significa acampar donde caiga la noche, Juan ya perdió la cuenta de las excursiones realizadas, el club se inició hace 13 años, desde entonces se han forjado en él muchas jóvenes voluntades con gran capacidad de liderazgo empujándolos a roles directrices en sus organizaciones sociales.
Volviendo a Yauyos, los chicos caminaban por el pueblo sin imaginar la expectativa que causaban. “No llegan”, comentaban al mirarlos. La provincia, anclada en una impresionante quebrada de la cordillera occidental, está a 2.800 metros sobre el nivel del mar.
Los vieron partir cuesta abajo, después de un suculento almuerzo, iban tranquilos, camisetas blancas con el símbolo del colegio en el pecho. A la cabeza Juan, Dante y Walter, atrás el guía y los jefes de grupo, en dos columnas indias. Con pitos y órdenes precisas que se ejecutan apenas suene el silvato. Una hora de caminata, un rato de descanso a ritmo continuado. Los grandes se ocupan de los menores y se entabla en el trayecto una relación horizontal en el grupo. La inflexibilidad termina en los descansos, así Juan diga descansen bien, la muchachada da rienda suelta a sus ganas de jugar. El río, las cartas, los chistes, las personalidades se destapan, el que parecía un bobo resulta de una inteligencia aguda con humor negro, el callado es divertido y el flaco más fuerte de lo que pensaba. La amistad crece entre ellos.
Horas después, los comentarios seguían en el pueblo, los vieron a las 17 horas en Magdalena. En la noche llegaron hasta Auco, Suspicio Gutiérrrez, presidente de la APAFA del único colegio del caserío Puente de Auco cedió su escuela para esa noche. La decena de apacibles pueblos a la vera de la carretera, testigo de la aventura, les brindaba cariñosa acogida.
Aquel grupo de pasajeros regresaba a Lima después de tres días, aún creían que los chicos se arrepentirían, pero poco a poco la incredulidad dio paso a la admiración. Cada vez que preguntaban por ellos, la gente contaba que habían pasado caminando y señalaban día, hora y fecha, se sumaban especulaciones sobre el paradero de los mochileros. Siempre con la idea de encontrarlos en el siguiente pueblo, cansados con ganas de tomar el carro de regreso. Pero no fue así. Pasaron por Putinza, Chavín, durmieron en Canchán. Reanudaron la bajada al día siguiente a las 6 a.m., desayunaron en Catahuasi, almorzaron en Pucará, durmieron en Zúñiga, en la puerta de la iglesia porque no encontraron al comandante del permiso. Antes de llegar a Lunahuaná nadaron detrás de unas rocas. La gente los había visto pasar mochilas al hombro.
¿Se preparan para ingresar a la Fuerza Aérea? decían los pasajeros, sin entender el sentido de esta caminata o quizás por la altura y pinta de los muchachos. Simplemente, se trataba de una caminata de entrenamiento, de paso conocían la geografía y la historia del Perú más allá de los libros. La ubicación de las estrellas y la demora de la luna después que el sol se oculta. Para suerte de los excursionistas, los acompañó una enorme luna llena, a buena temperatura y sin lluvia.
La naturaleza les ofrecía lo mejor de sí, a sus cansancios un baño en el río renovaba energías, un buen plato de frijoles y un té de coca levantaba el ánimo, cuando todo indicaba que claudicarían un pueblo aparecía cerca de sus ojos, la voz de Gonzalo de 12 años rompía el silencio delatando el pensamiento de todos. ¿De dónde salío? Era Canchán que se escondía entre subidas y bajadas. Aquí esperaba Héctor, el panadero contactado en el camino. Una generosidad del tamaño de su pobreza se abría como nuevas nociones para estos jóvenes que recién entendían la forma de ser andina y su sentido de reciprocidad como recursos económicos. El grupo les ofreció atún preparado y Débora, la esposa, salió con tremendos platos de mazamorra morada que los chicos saborearon. El abuelo atento a las necesidades del grupo se acercaba con agua, con pan y hasta ayudó en la preparación de la cena. Una familia andina típica.
LA LECTURA DE LA CARTA NACIONAL
En Europa y Estados Unidos los mochileros son abundantes, en el Perú tenemos de dos tipos: las excursiones por esparcimientos y las explorativas integradas en total por cerca de 200 personas. Con 10 clubes de caminantes. No es mucho para nuestra historia de caminantes rutinarios circulando en los pueblos del interior del país por necesidad.
En este tipo de aventuras se hace urgente contar con la
Carta a Escala (IGN), brújula y un altímetro o GPS. Son herramientas
que nos permiten ubicar los lugares, aprender a interpretarla es muy importante
para los guías e integrantes de estos clubes, salvan de ingresar
a zonas peligrosas o permiten reconocer las rutas de los caminantes, con
ella se sitúan exactamente, posibilitan reconocer las distancias,
los desniveles, puntos importantes de paso, el tiempo que demorará
de un sitio a otro. El relieve y la experiencia determinan el tiempo. Como
en este caso, regresaron exactamente según lo planificado.