




Clara Rojas
Un lenguaje silencioso nos confronta con nuestro pasado al contemplar la arquitectura inca, enormes bloques de piedras poligonales, encajan perfectamente una a una en enigmáticas construcciones. A lo largo de nuestro país, descubrimos ciudadelas, almacenes, adoratorios, recintos administrativos o defensivos, levantándose imponentes en el paisaje natural.
Los incas escogieron la piedra como principal elemento de sus construcciones por su perdurabilidad y por ese legendario conocimiento heredado de sus antepasados Tiahuanacos, conocimiento que parte desde los orígenes de la misma civilización andina.
Los primeros vestigios lo encontramos en el templo de las Manos Cruzadas en Huánuco, o en Sechín (Casma), tres mil años a.c. Hay una continuidad en el uso de la piedra en obras arquitectónicas, fundamentalmente sagradas, como lo observamos también en Chavín de Huántar. Pero alcanzó su máximo esplendor con los Incas.
La piedra estuvo presente más allá de lo útil, en matices ideológicos que los mitos nos lo recuerdan. En la leyenda fundante de los hermanos Ayar, es la fuerza que encierra al más temible de ellos, Ayar Cachi, quién poseía grandes poderes mágicos, provisto de una honda, lograba derribar cerros o hacía surgir lagunas. Temerosos de su poder, los hermanos lo envían con engaños a Pacaritambo, encerrándolo allí con grandes bloques de piedra. Otro de los hermanos, Ayar uchu se transforma en efigie de piedra, huaca principal llamada Huanacauri. Lo mismo ocurrió con Ayar auca, al pisar la tierra de la ciudad sagrada, se convirtió en piedra. “Adoptar la forma lítica era, en el ámbito andino, una manera de perpetuar la divinidad o sacralizar a un personaje”, (pág. 33, Historia del Tawantinsuyo 1995, María Rostworoski).
En la expansión del incario, las piedras adquieren un papel protagónico, lo rememora la leyenda de la victoria inca sobre los chancas, batalla en la que las piedras se transforman en guerreros llamados pururaucas. Con su ayuda, los incas derrotan a la poderosa etnia que los amenazaba.
En la cosmovisión andina, adquiere un valor simbólico, es fuerza y es perpetuidad desde tiempos ancestrales, vigente en sus mitos y en sus magníficas construcciones, testimonio inextinguible de una etnia.
La domesticaron más allá de lo artístico. Tamaño, pulido, la forma creó un estilo propio. Sin embargo, el labrado, medidas, traslado de enormes bloques, desaparecen como conocimientos nativo en la colonia, al destruirse el Estado Inca. ¿Cómo domesticaron enormes bloques? Es un enigma para los herederos del incario, con todo, las piedras abrieron un diálogo con el poblador andino. En su imaginario, los Incas eran hombres tan poderosos que podían mover cerros, desplazar lagunas o derretir la piedra.
SURGE EL MITO
Desde el siglo XIX, circula en nuestra serranía un mito que responde a las interrogantes planteadas por la obra inca: “Dicen que los Incas conocían una hierva misteriosa que hacía derretir la piedra, luego podían darle la forma deseada, éstos eran hombres con una fuerza descomunal, levantaban con facilidad grandes bloques de piedra”, versión recogida en el pueblo costa andino de Huambacho.
El doctor Waldemar Espinoza Soriano, especialista en historia inca, sugiere que la imaginación campesina le atribuye poder a un individuo, pero esto hay que interpretarlo. Lo que hay detrás de esta imaginación es un Estado poderoso, el cual pudo hacer obras extraordinarias, a pesar de carecer de un instrumental tecnológico occidental. Sin rueda, sin pólvora, sin carretas, levantaron monumentales edificaciones, basados en la fuerza humana, el concepto del pasa mano que aún subsiste en el interior del país.
Los incas perfeccionaron tecnologías que funcionaban miles de años atrás. La piedra comenzó a ser labrada en forma estética por lo menos hace tres mil años a.c., perfeccionándose en Tiahuanaco, Huari.
Hay muchos lugares en donde existen canteras, de las que escogieron las más llamativas o adecuadas para sus fines. Lo que se ha podido aclarar ahora, es que los antiguos peruanos no desprendían rocas de las montañas, pero sí tenían mucha habilidad para utilizar las piedras sueltas, arrastrarlas y darles la forma deseada, nos explica el doctor Espinoza.
TECNOLOGÍA INCA
Para ello, contaban con tecnología propia, usaban unos martillos de piedra, diferente a los nuestros, eran bolas de piedra, de todo tamaño y formas, además de herramientas de cobre y hierro cada una cumplía una utilidad, labrar, raspar las esquinas o pulir. Trabajo basado en golpes, una labor fruto de la paciencia. No eran improvisados, sus construcciones seguían diseños previos, las famosas maquetas de barro guiaban toda obra.
En aquella época, el calendario tampoco era como el nuestro, no contaban los días continuados y fijos como nosotros, ni áun los años. No sabían su edad como la entendemos ahora, sino por ciclos: el niño, adolescentes, adultos, ancianos. No medían el tiempo en minutos. Nociones como demora o apuro no existían para ellos, además eran miles de personas trabajando por largos periodos continuados en un sistema de turnos llamados mitas que se iban reemplazando de continuo.
El sistema aplicado se basaba en una sencilla tecnología que dependía de la fuerza laboral, su planificación y la organización de sus recursos humanos. El poder del Estado Inca centrado en su organización, movilizaba a miles de personas.
Planificación, organización y la participación
masiva del pueblo, factores que crearon esa raza de titanes que hoy nos
deslumbra. Conocimiento olvidado, de recuperarlo reactivaría una
fuerza aquietada. El mito daría pase a la obra.