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ARTÍCULOS DE CLARA ROJAS
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Los últimos pasos de Arturo Jiménez Borja

TEJIDO CON FIBRA ANDINA

Clara Rojas

La muerte atrapó desprevenido al doctor Arturo Jiménez Borja, cuando recostado sobre su cama se encontraba leyendo un libro acerca de historia antigua, extraños ruidos llamaron su atención. Tuvo tiempo de ponerse las sandalias, y pasos breves, precisos, curiosos lo condujeron hacia el envés, o mundo de los muertos.

Murió estrangulado un 13 de enero, su cuerpo arrastrado hacia el baño, fue hallado 8 días después. Aunque dos hermanos, amigos del occiso, se autoinculparon, sus huellas no coinciden con las halladas en el cuerpo. Uno de ellos estuvo con él hasta el final de sus días, compartiendo afinidades, pero no obstante su versión la policía no procedió al arresto por falta de pruebas.

EL LLAMADO DE LOS GENTILES

La misteriosa muerte del doctor Arturo Jiménez Borja parece rodeada con ese halo oculto nada extraño para nuestros andinos.

Prohibidos como están de acercarse a los dominios de los gentiles, por temor a su maldición convertida en un mal aire que lleva a la muerte irremediablemente, a menos que se realice un pago a la tierra, un trueque con el espíritu, como forma de cura, única cura para escapar de esta maldición, si es que lo permiten las huacas, que no es común. Porque en su mayoría de veces, el intrépido muere secado por el “alcanzo” (Le alcanzó el mal aire de los gentiles), como lo llaman en algunos lugares de nuestra serranía.

Haciendo caso omiso de este temor supersticioso, Jiménez Borja ingresó a los dominios de los gentiles, deslumbrado por la belleza creativa del antiguo poblador, tejidos, huacos, ceramios, se convirtieron con los años en una bellísima colección que mantuvo en su poder mientras investigaba, para luego darlo a conocer en todo su esplendor. Extrajo del pasado nuestro legado histórico, y como un pago a la tierra creó los Museos de Sitio, en Puruchuco, Paramonga, Pachacámac, Huaycán y Sechín, complejos arquitectónicos que hoy reciben a miles de turistas. Cumplió con el rito subyugado por sus hallazgos.

La maldición de los gentiles no podía tocarlo. A sus 92 años mostraba una enorme vitalidad, y gracias a su lucidez hoy contamos con sus últimos trabajos como “Vestidos Populares” (1998), luego participó junto a 18 especialistas en el libro “Tejidos milenarios del Perú” publicado en diciembre de 1999, la última presentación a la que asistiría.

Tenía apuro por ordenar sus materiales, impulsado por las exposiciones y los textos exigidos para la publicación. Al mismo tiempo que preparaba su ensayo Tejidos Milenarios, Jiménez Borja exponía en el Museo Nacional de la Cultura Peruana sobre el Vestuario del antiguo Perú en marzo y en agosto habló del famoso burilador de mates Machu Iñis. Exposiciones, conferencias, publicaciones... no era una espera apacible, alerta como estaba al llamado de los gentiles.

DE FIBRA ANDINA

A partir de lo presente caminó hacia la historia, vestigios escondidos en las altas montañas, en la floresta, llegaron hasta nosotros gracias a él, lo comparó con iconografías de las diversas culturas, anotando estilos, fibras, tintes, técnicas. Descubrió vigencia, evolución y desaparición del vestido originario.

“Los vestidos populares de hoy representan la continuidad cultural del pueblo peruano. Muchos de ellos han sobrevivido siglos”, diría en marzo. La variedad de los vestidos tradicionales constituye una fecunda expresión del arte popular.

En la Selva sus pobladores visten atuendos originales desde hace siglos, confeccionados con fibras y pigmentos vegetales, semillas, plumas y otros elementos que ofrece el medio.

El vestuario de la sierra vivió el mestizaje pleno, aportes españoles asumidos en el virreinato aún permanecen vivos. Es lo que hoy conocemos como el atuendo típico visto en las diversas danzas. En cambio, en la costa, con marcada influencia externa, desapareció definitivamente.

LA PERDURABLE CUSHMA

El vestido del incario, jerarquizado, por supuesto, estaba hecho de una sola pieza, usando una técnica muy sencilla, con uniones en los costados, corte en V en el cuello, para los hombres y en ojal para las mujeres, permite una perfecta caída lograda por efectos del material y la técnica, esta túnica llamada kushma hecha en fibra de algodón pardo, que hasta hoy conserva sus colores, es parecida a los ponchos serranos. Su largo llegaba hasta los tobillos. Y dependiendo del estatus podía incluso extenderse más hasta formar una especie de cola. Existen grabados de 1560 de una importante mujer en Piura, una cacique, con un elegante vestuario en la que se distingue la kushma alargada al final.

EL TONELETE O PONCHO CORTO

Su origen se remota muy atrás. Iconografía moche muestra hombres vestidos con camiseros parecidos a ponchos cortos que no lograba tapar sus testes desnudos. También en los tejidos Paracas se encuentran estos personajes. En la actualidad es de uso común en Huancavelica, en Sóndor (Huancabamba, Piura) y selva norte, en las étnias Condoshi y Shapra, de la familia jíbara. En Chile es parte de su vestimenta típica.

En una muestra de generosidad y conocimiento el doctor Jiménez Borja presentó su colección de vestidos antiguos con toda la gama de adornos y complementos que lo acompañaba, maravillado por la capacidad de conservación de la fibra andina, semilla de algodón pardo que ya desapareció del medio, resistente al tiempo y a las plagas, el ingreso de otras (Tangüis) más comerciales la sacaron del mercado.

Es muy probable que el adorno estuviera presente desde épocas tempranas, no como ahora lo entendemos sino como distintivos de grupos, como identificaciones.

TEJEDORES DE SIGNIFICADOS

La actividad textil tuvo gran importancia en el antiguo Perú, muestra de ella tenemos bellísimos mantos confeccionados en una diversidad de colores y matices en un diálogo permanente entre la naturaleza y lo sagrado. Los hermosos tejidos Paracas, Nasca, Huari, Inca son una muestra de ello. Incluso los moche habrían desarrollado una textilería deslumbrante en figuras y colores, sin embargo, no dominaron la técnica de conservación como sí lo hicieron los Paracas, explicaba el arqueólogo, Luis Jaime Castillo.

La textilería estaría presente desde el precerámico con técnicas de entrelazado, trenzado, anillado, con un gran dominio y conocimiento de la fibra vegetal, especialmente el algodón blanco y el de color que aún hoy existe, semilla conocida como algodón del país, después se sumó la lana de vicuña, alpaca y con los españoles vino la lana de oveja, muy usada en la actualidad.

Herederos de un conocimiento transmitido por generaciones, los tejedores crearon una gama de significado en los colores y composición de sus gráficos. El padre Molina (1943) encontró que los colores respondían a esquemas sagrados. Según los mitos, de color blanco es el primer camélido que vio la clara luz del mundo. De rojo la borla que ensombrecía los ojos de los reyes. Y los quipus tenían hilos de varios colores que significaban productos o materias de la que trataban los nudos. Un lenguaje a punto de ser escritura o escritura a punto de popularizarse. Códigos difíciles de descifrar aún, que requiere toda una vida como la entregada por el doctor Arturo Jiménez Borja para develar sus misterios.