




Clara Rojas
Los sueños se anudan, confluyen, se hacen realidad. Unas 42 familias del distrito más grande de Chincha, Pueblo Nuevo, aquel que sufrió las mayores pérdidas en el sismo del 15 de agosto, aún no pueden creer tener, con todas las de ley, los planos de diseño y estructura de sus casas, elaborados por estudiantes de ingeniería y Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Perfectamente ordenados, los jóvenes universitarios entregaron los planos de diseño y estructura, instalaciones de luz y agua. Firmados y confirmados por los docentes que estamparon su famosa rúbrica después de revisar los proyectos. Dupla que permitió resolver un paso indispensable para tramitar la licencia de construcción, sin embargo soslayado por falta de recursos. Los beneficiados abrazan a los jóvenes con la alegría de quienes jamás, ni en sus más alucinantes sueños, creyeron sostener en sus manos. Y los jóvenes corresponden con la ilusión de ver convertida en realidad su primera incursión profesional. Los teléfonos, las direcciones van y vienen en anotaciones que los vinculará un largo trecho, mientras construyan. Es el final de un encuentro que duró tres meses.
“Porque estos jóvenes nos han devuelto la confianza. Con ellos hemos perdido el temor de acudir a un profesional. Daba susto el costo. Todo el tiempo hemos construido siguiendo las pautas del maestro de obras. Preferíamos gastar en materiales”, dicen en grupo los pobladores del sector de San Isidro.
La precariedad de la construcción en los asentamientos humanos más pobres provocó la dimensión de pérdidas humanas sufridas en el sismo. Cuerpos inocentes sepultados por paredes y techos improvisados, sin bases ni columnas.
Esta dramática experiencia sirvió de punto de partida para el diseño de un piloto implementado por la Agencia de Cooperación Internacional de Japón. Ésta institución solicitó la participación de los universitarios a la Dirección de Responsabilidad Social de la PUCP en un punto neurálgico de la construcción de viviendas. La falta de planificación en la construcción produce una ciudad desordenada y con un alto grado de precariedad que amenaza a las familias. “Las casas mal construidas provocaron un elevado número de pérdidas humanas en el último sismo ocurrido en Ica, hecho que no podemos desconocer y hay que afrontarlo con todas las armas a nuestro alcance, expresó la responsable por la PUCP, ingeniera y arquitecta Victoria Ramírez.
A la primera convocatoria se anotaron en masa 65 estudiantes, 40 de Arquitectura sin más incentivo que ayudar, y 25 de Ingeniería Civil, ellos sí podían convalidarlas como practicas profesionales. En medio de sus clases, acostumbrados como están a trabajar sin horarios, soplándose largas madrugadas, los estudiantes cumplieron sus metas.
Para los futuros arquitectos fue un reto complacer los pedidos. Pues la necesidad, utilidad y habitabilidad se sintetizaba en un diseño que incluyera un medio de obtener recursos. Así la propuesta debería cumplir como vivienda, para alquilar, o tienda, casa huerta (plantas comestibles y cría de animales) y ser construida por etapas, de acuerdo a las posibilidades. Una propuesta no tradicional que se ofrecía con estética a los ojos de los afectados por el sismo.
Las manos cansinas despertaban entusiasmadas levantando las maquetas como una meta. “Así será mi casita”. Jerónimo y Cipriano Palomino no se cansaban de agradecer al equipo que les tocó, de ingeniería, Juan Pablo Loayza y arquitectura Arturo Gutiérrez. “Don Arturo Gutiérrez escuchó con paciencia lo que queríamos mi hermano y yo. Nos asombró su seriedad. Hasta nos presentó el recorrido virtual. Todita mi casa en 3D. Nos explicó cómo deberíamos proceder y por qué no debemos saltar ninguna etapa, cada una tiene importancia en la solidez de la vivienda” afirma Cipriano, maestro de obras quien sabe lo que cuesta el juego de planos recibido. Mínimo tres mil soles, sentencia.
Para los universitarios significó incluir sus conocimientos como aporte a la tan sentida población sureña. “Más allá de un crédito está la vocación por participar en la reconstrucción de esta zona tan afectada” comentaron los estudiantes.
Con la intervención universitaria afloró un espacio de diálogo que permitió a los pobladores entender el riesgo que corren al construir sin las condiciones técnicas. Identificó el temor frente al costo que significa acudir a un profesional Arquitecto o Ingeniero, soslayados a pesar de la importancia de su trabajo. Pero sobre todo, “con su paciencia, los jóvenes nos han interesado en aprender un proceso vital en la protección de nuestras familias, la edificación segura de las viviendas. Estamos aprendiendo a tener cultura para la vida. En ello, se consiste este aprendizaje que ahora nos cae del cielo, y que nosotros enseñaremos a nuestras familias. Haremos nuestras construcciones más seguras o no permitiremos que un maestro haga mal su trabajo”, concluye, Irene Gonzales. Con su granito en la reconstrucción de Chincha, los universitarios se colocan más cerca del corazón de un pueblo férreo, imbatible, han conocido de cerca la necesidad, el calor de la gente y han sentido en la piel la gratitud inmensa de un sector social abierto a nuevas posibilidades.
El sol caía vertical, en pleno mediodía de octubre, cuando las 42 familias recibieron en la Parroquia de Pueblo Nuevo el resultado de tres meses de trabajo. En una ceremonia sencilla, en la que ni el alcalde distrital ni el provincial estuvieron presentes, los jóvenes abrían una esperanza a las familias más pobres del sur. En ese momento los sueños de ambos, poblador y estudiante, se anudaron para crear una realidad más humanizada.