




Clara Rojas
A un costado de la ley trajina caótica una micro industria editorial asentada en su mayoría en el Cercado de Lima con un sistema medio en serio, medio ilegal, medio bueno... son los famosos manchadores de papel, a quienes se acude cuando los recursos no dan para más.
Aquí todo puede ocurrir, desde la llegada frecuente de impresoras offset de cinco o cuatro colores, a 20 dólares la selección, hasta el más pequeño de los insumos. Los materiales se consiguen a diferentes precios y si no tienes escrúpulos, no solo puedes obviar las facturas también otras razones de honor y conseguir tintas, papel e impresiones a mitad de precio. Especialmente si llegas de madrugada cuando ya son pocos los que quedan parados y los propietarios han tocado en retirada.
No importa la calidad, solo manchar de tinta el papel, a eso se llama impresión, cuando la chamba reclama, los operarios pueden seguir de largo; dos o tres días sin dormir, no se fijan en la uniformidad del texto, o en la exigencia del cliente. El dueño se las arregla conchudamente sin reconocer fallas. Qué pueden perder, el cliente trajo su papel, pagó por adelantado y no le entregan si no cancela. Así de simple.
Se pueden encontrar requerimientos de grandes firmas hasta polladas semanales. Desde libros con su respectivo registro en la Biblioteca Nacional hasta copias de los textos más vendidos, falsificaciones de etiquetas de cds, de ropa con marca conocida, entre otros.
Los operarios no trabajan por un salario mensual sino al destajo, después de las seis, domingos o feriados no son horas extras sino comisiones. O la famosa “sociedad” que encandila a los incautos y permite a los propietarios manejar sus costos con bajos precios; los operarios están a la espera de lo que caiga sin remuneración, ni dominicales, ni beneficios sociales, sin vacaciones, ni seguro.
Como escuela los marketea muy bien, se asumen expertos. Pero a la hora de evaluación para una empresa seria no resisten. Acostumbrados como están a un trabajo empírico, de baja calidad, sin reglas ni disciplina, se corren de los trabajos exigentes, en cambio promedian sus ingresos desde el pico más alto, aún cuando sean esporádicos. Ávidos como están de vivir de ilusiones, en la edad del reconocimiento y el estatus social prefieren considerarse así mismos como “socios” a la espera de su oportunidad.
Lo absurdo se vuelve normal. Kafka no tendría más que reproducir este mundo sin ley, sin Estado, sin lealtades. El inquilino de una galería subarrentó a una veintena de pequeños talleres que habitaban el lugar entre codazos y juegos de poker, en medio de un ruido infernal. Entre el trabajo y el vivir cotidiano, nadie podía imaginar que este buen amigo recibía el alquiler mensual de los talleres pero no cumplía con el propietario. Diez meses después, por causalidad, el técnico, su gran amigo, se entera que al día siguiente serían desalojados. Hacía apenas unas horas habían almorzado juntos, tuvo oportunidad de mencionar el problema y darle tiempo, por lo menos, para resguardar sus bienes, no lo hizo.
Si no tienen el menor escrúpulo frente a un amigo, tampoco lo tienen con sus clientes y menos con la reproducción ilegal de textos.
Anomia, descomposición social, la negación de una civilización, o simplemente expone la carencia de una política cultural que englobe desde el reconocimiento de nuestra diversidad cultural hasta su reprodución en el mercado de consumo.
En este contexto crece la producción de la industrial
cultural masiva, dirigida a los más pobres del país, alimentada
por la crisis de importantes imprentas del país, las cuales no lograron
sobrevivir al agobio de impuestos que exige la formalidad o de aquellas
que utilizando los recursos de la globalización, imprimen fuera del
país con gran rentabilidad.